lunes, 27 de abril de 2015

NURIA BARRIOS: «El silencio es el contrapunto de la escritura y hay que saber utilizarlo muy bien».

Maleta de Libros da voz esta semana a la escritora madrileña Nuria Barrios. Acaba de publicar el libro de relatos ‘Ocho centímetros’ en Páginas de Espuma. Curiosamente, antes de empezar la entrevista, le pregunto por un microrrelato que escribió hace años titulado ‘Lagarto, lagarto’, confesándome que fue un encargo y es el único que escribió. Como digo, esta escritora y doctora en Filosofía además de las novelas Amores patológicos (Ediciones B) y El alfabeto de los pájaros (Seix Barral); es autora de numerosos relatos presentes en numerosas antologías, además de ser autora de los libros de poemas El hilo de agua (Algaida), ganador del Premio Ateneo de Sevilla, y Nostalgia de Odiseo (Vandalia); así como del libro de relatos El zoo sentimental (Alfaguara); y de un libro de viajes, Balearia (Plaza y Janés). Colabora habitualmente como crítica con el suplemento literario de El País y con la revista Mercurio.

¿Por qué son once estos relatos y no diez o doce?

No los sé, porque supe cuando los tenía que tenía todos, sí vi que había un par que no me gustaban, vamos, que no respondían ya al ritmo que tenía el libro. Supe muy bien como empezaba el libro y como acababa y, en cierta, forma una voz que ya tengo el principio y el final, esta forma como un ciclo.

Entonces ¿es  interesante leerlos en el orden en el que están y no salteados?

Si, por supuesto, yo recomiendo que se lean del uno al once.

Además del estilo, la evocación y la mirada afilada a la realidad ¿qué tienen en común estas once historias?

La atención al dolor, pero contemplado no de la forma tradicional, no a partir de la tragedia sino como parte consustancial de la vida. El observar como el desastre y la normalidad van de la mano.

De algún modo los finales de estas historias son finales abiertos, se me antoja, como haciendo partícipe a los lectores de una secuencia, espectadores del teatro de la humanidad.

Se te antoja muy bien porque efectivamente esa era la intención por eso los dejo siempre abiertos.

Un personaje en “Yo era un buldócer” dice: ‘Nombrar es poseer’.  ¿Por eso es tan importante lo que decimos, lo que se enuncia con nombre propio?

El lenguaje tiene un poder inmenso y lo que pasa es que vivimos en un época en donde el lenguaje se ha convertido prácticamente en publicidad e importa muy poco que lo que se dice tenga un contenido, pero cuando lo que se busca es precisamente enunciar a algo nombrar realmente y lo que hay entre nosotros no hay nada más poderoso que el lenguaje, para todo, para encarar la vida, para pensar, para encauzar las emociones…

Si importante es lo que se nombra también lo es lo contrario, no nombrar.

Claro, el silencio es el contrapunto de la escritura y hay que saber utilizarlo muy bien para que lo que se dice tenga mayor peso, el silencio precisamente lo que evita es la verborrea y el lenguaje vacío.

¿Cómo se llega a una frase como la que leemos en “Un puente de cristal”: ‘Esperar la muerte es difícil, incluso para quien está acostumbrado a convivir con ella’?

Pensando, pensando en la realidad y lo que hablábamos antes, enunciándola, enunciándola de la forma que sea más precisa posible.

Háblenos de la banda sonora de estas once historias, de diez al menos, ya que ‘Danny Boy’ tiene la suya (homónima) aunque a un personaje le parece que ‘es muy fea’.

Es muy pequeño, hace el contrapunto para no caer en el melodrama.
La que quiera poner el lector; la verdad, si hubiera querido marcar como en ‘Danny Boy’ una música un clima lo hubiera hecho y no lo he hecho porque prefiero que sea el propio lector el que decida si le va una música u otra o nada.

Muchas gracias y mucha suerte, Nuria.


Por Ginés J. Vera.

lunes, 20 de abril de 2015

JOAQUÍN MARÍA AZAGRA: «Los toques de absurdismo y surrealismo pululan por la compilación».

Entrevisto esta semana a Joaquín María Azagra al hilo de la publicación del libro de relatos ‘Arrepentimientos, incisiones, pigmentos e incógnitas’ (Contrabando, 2015). Azagra es valenciano, doctor en Economía, ejerce como científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Publica regularmente en revistas académicas sobre Estudios de Innovación. Desarrolla paralelamente producción literaria y audiovisual. Sus trabajos audiovisuales (Paseantes, Segunda mano, Ven esta noche, Un talento innato) han sido seleccionados en distintos festivales. Y en lo literario con anterioridad a este ‘Arrepentimientos, incisiones, pigmentos e incógnitas’ ha escrito numerosos relatos, tres de ellos premiados y varios más finalistas de certámenes literarios; ha participado así mismo en varias antologías colectivas de relatos.

¿Cómo surgieron estos cinco relatos? ¿Fueron escogidos bajo una misma temática o por el contrario aparecieron de uno en uno siguiendo un hilo conductor?

Al proponerme el editor la posibilidad de publicar una compilación, seleccioné estos cinco por su coherencia. Los inspiran fuentes parecidas (la narrativa gótica, el relato fantástico surrealista, la técnica del narrador no fiable, la corriente del existencialismo…) y contienen temáticas semejantes (la identidad, lo insustancial de la vida, los problemas de comunicación…).

El título que da nombre a esta antología de relatos lo encontramos, en parte, en el primer relato, ‘El último óleo sobre lienzo de M’; en el que además, el narrador se dirige al lector, dándole la oportunidad en un momento dado de seguir leyendo o dejar de leerlo; qué atrevido, ¿no? ¿A lo Rayuela de Cortázar?

Es un recurso que he visto en varios libros (recuerdo Middlesex, de Jeffrey Eugenides, por ejemplo), pero dada la generación a la que pertenezco, podría ser influencia de algo mucho más popular como la serie Luz de luna, vete tú a saber. El primer relato de la compilación es el único en el que intento acercarme al formato del superventas, a base de suspense, retrato de los entresijos del poder y cierta recreación histórica con personajes acaso reales de por medio; pero utilizo el recurso de dirigirme al lector, inusual en ese formato, porque es una manera de darle frescura.

¿Las pasiones pueden convertirse en obsesiones? Lo comento por ese primer relato ‘El último óleo sobre lienzo de M’.

El límite es poroso. En boca del narrador de ese relato, parece que en algún momento haya llegado a distinguirlo, aunque  él mismo dude. Además, su problema es cómo posicionarse ante ese límite, visto desde fuera: ¿debe admirar a su amigo por ser un apasionado, o despreciarlo por obseso? Si, dando alas a la pasión de su amigo, él mismo puede beneficiarse, ¿está legitimado para hacerlo?

En el relato “y= /a-x/“ leo: ‘Y es que no nos imaginamos los objetos de una manera distinta a la habitual’. Hay elementos muy curiosos que aparecen en ellos, desde una goma de borrar, a un colinabo, pasando por un diario o una alfombrilla de ducha.

Esa observación, que es acertada, me sorprende. Ya lo hizo el prólogo de Vicente Muñoz Puelles, que se fijaba en la presencia extraña de un objeto por relato. Y así lo explicita la frase que has entresacado. No era consciente de ese rasgo en común entre los cuentos. Y, sin embargo, cuadra bastante con los toques de absurdismo y surrealismo que pululan por la compilación. Me encanta que los lectores descubran cosas así.

Ya que lo mencionas, me gustaría que me hablaras del prólogo a cargo del escritor Vicente Muñoz Puelles.

En su día leí El último deseo del jíbaro y otras fantasmagorías, del autor, y me sentí muy identificado con su continuación de la narrativa gótica, y muy contento de que eso ocurriera en Valencia. Lo comenté con un conocido, que resultó ser amigo de Vicente Muñoz Puelles y me puso en contacto con él. De eso hace diez años, y por entonces me limité a pedirle consejo para publicar. Tiempo después, con la compilación en las manos, volví a llamarlo para solicitarle que me la prologara y él, amablemente, accedió. El prólogo es endiabladamente inteligente, puesto que descubre algunas claves ocultas de los relatos, sin haber contado con la menor orientación.

Suelo dejar a los autores eso de buscar el nexo común a los relatos, me aventuro a decir que para mí en ellos fluyen obsesiones, el sentido del bien y del mal, la sublimación de deseos, cierto dolor artístico, la lucidez… ¿Estás de acuerdo? ‘La lucidez viene a ráfagas’, dice el protagonista de “y= /a-x/“.

Todos esos temas están, y raramente discuto su interpretación. Trabajo la estructura y tengo clara la articulación del discurso, pero lo que le queda a los lectores, que varía de unos a otros, es lo que cuenta. Que uno de los narradores diga ‘La lucidez viene a ráfagas’ tiene algo de guiño, puesto que prácticamente revela al lector que debería creerse a pies juntillas lo que le están contando.

No quiero dejar escapar el hecho de que los cinco relatos están contados en voz protagonista, el lector se acerca a estas historias con ligereza, hasta que la realidad se transforma.

Sí, porque esa voz permite que fluyan con naturalidad los temas que mencionabas, como el de las obsesiones. Se puede relacionar con obras como El corazón delator y Berenice, de Poe; Lolita, de Nabokov; El asesino dentro de mí, de Thompson; o, si me apuras, El regreso del señor de la noche, de Frank Miller.

En tres de los cinco relatos aparece destacado el arte pictórico y la narración en forma de diario en dos de ellos, ¿hay una intención consciente más allá de lo narrativo y estético? Como guiño en “Gracias a mí” leemos: ‘Todo es legítimo en el arte’.

Los tres relatos sobre pintores están más centrados en la relación entre el artista y el artesano; los dos relatos sobre diarios, en la metaliteratura. En todos ellos hay ganas de ser original, enganchar y procurar evasión, a cambio de pedir al lector que busque segundas lecturas. A veces hay toques perversos, como cuando el narrador de “Gracias a mí” justifica ser un maltratador equiparando el arte con las relaciones de pareja.

En ese mismo relato, en “Gracias a mí”, he destacado esta frase: Los gustos son solo una deformación de los sentidos.

Al narrador de ese relato deberían darle una lección sobre educación sentimental.
Otra frase que me ha gustado es la de que ‘no somos dueños de nuestro destino, si acaso realquilados’, en ‘Y= x2’.

Claro, es el relato de una persona que se encuentra con que sus diarios están siendo reescritos a ojos vista por una presencia desconocida. Me hace gracia el concepto de ‘realquiler’, como si lo mismo que un día habitas tu cuerpo, al siguiente lo pudiera habitar otro: basta con pagar el precio a quien le haya puesto ahí.

A lo inicio de novela de Tolstoi, formulo una pregunta que he leído en el relato ‘Y=x2’, ¿dos individuos frustrados son perfectamente intercambiables?

Cada vez me cae peor ese narrador. Menudo prepotente. No me cambiaría por él, por nada del mundo.

Aunque para frase que invita a reflexionar, en ese mismo relato, la de la trampa de la vida que ‘te deja vivir unos años y luego de jode por todos lados’ (con perdón).

Es muy malhablado, ese narrador. Sí, debe de ser una de las referencias al existencialismo más explícitas de la compilación.

Muchas gracias y mucha suerte, Ximo.

Por Ginés J. Vera.


Un apunte más, Joaquín María Azagra estará en la 50 edición de la Fira del Llibre de Valencia (Jardines de Viveros). Presentará ‘La narrativa inquietante’ en el ‘Micoespai’ el día 24 de abril a las 18h.

Foto: (c) Isabel Ahijado.

martes, 14 de abril de 2015

YOLANDA PARÍS TUDELA: «Me limité a escribir de lo que realmente conocía… quizás la próxima sea más erótica».

A Yolanda París Tudela Madrid (1974), la conocí hace años, en Torrent (Valencia), ella había publicado un libro y yo también, es fácil imaginar que nos sentimos tentados a intercambiarnoslos para leernos. Yolanda es licenciada en Derecho y trabajó durante  años para SOS Racisme. En los últimos años ha dado cursos de poesía y ha seguido en el mundo de la literatura escribiendo, sobre todo, relatos cortos y alguna novela. Ello le ha reportado algunos premios, como el “Francesc Bru” del ayuntamiento de Canals y el primer premio del certamen de narrativa para mujeres en la Comunidad Valenciana, así como el premio juvenil “Cruzando Culturas”. Con todo, no ha abandonado la poesía -por la que recibió el premio Miguel Hernández-, ni las novelas. Su libro de relatos Algunas historias de amor (2009), condensa mejor que nada su gusto por las historias cercanas y llenas de emoción. Tempestad en Baltimore (Ediciones contrabando) es la primera que publica, por ella le pregunto en esta entrevista.

A la hora de definir a la protagonista me quedo con detalles como su propensión a los desvanecimientos, sus alergias, un pelín radical en sus planteamientos y como escritora le inspiran los sobresaltos… ¿qué más añadiríamos?

Bueno, la pobre está pasando una mala temporada y ahí es donde uno actúa más exageradamente, pero, es cierto, que también es demasiado sensible y que hay, veces, que le resulta difícil conjurar la realidad, porque ésta suele ser poco generosa con los que no siguen siempre sus dictados. En este caso, su forma de salir adelante es a través de la imaginación y de los héroes, de mirar hacia otro lado y comprender que hay personas que han roto las barreras que creíamos imposibles. Eso ayuda. Mucho. Y reconforta adivinar que algunos otros también han tenido que recorrer caminos embarazosos.

No sé si calificar esta novela como dentro del género romántico, creo que no categóricamente. Hay amor y, curiosamente, la protagonista no parece tener pulsiones sexuales, el sexo está casi eludido. ¿Es premeditado, hay algún mensaje con ello?

No es algo premeditado, pero la protagonista de la novela está tan abrumada con la realidad, que no tiene tiempo ni energía para meterse en más jaleos, por eso preferí obviarlo, además creo que es complicado tratar ese tema, dejarlo fluir como parte de la narración. Sólo algunos escritores lo han conseguido, así que yo, siguiendo el consejo de un buen amigo: Me limité a escribir de lo que realmente conocía… quizás la próxima sea más erótica. Nunca se sabe. Pero en esta no parecía un tema tan determinante.

¿Los príncipes azules destiñen con el agua, ya sea la de una piscina, las lágrimas o la lluvia? ¿Y las madrastras de los cuentos, también son la antítesis de lo que conocemos en la vida real?

Sí, los príncipes azules tienen poco que ver con aquellos que imaginábamos en la infancia, quizás sea así mejor, porque eran demasiado perfectos, y la vida real nos enseña que nada ni nadie es tan absoluto, así que destiñen, un poco, y es bueno acostumbrarse cuanto antes, así no nos llevamos absurdos desengaños ni tratamos de cambiar a los demás. Es bueno saber que las imperfecciones también tienen su atractivo.

Las madrastras… cómo me gustan. Qué ganas tenía de hablar de ellas, sí, se parecen un poco a las de los cuentos, vienen disfrazadas y resultan, en ocasiones, encantadores, pero son malvadas y no dejan de herirnos. Las hay. Con distintos disfraces y desgraciadamente no siempre acaban mal. Eso es lo peor de todo.

Yo quería reivindicar la idea de que la maldad siempre debería salir mal parada. Aunque no sea cierto en realidad y veamos, a menudo, demasiados casos en contra. Pero como la bondad está tan mal considerada –no me lo explico- la protagonista tenía que sacar una lanza contra aquellas madrastras de los cuentos que, nunca, nunca deberían acabar con los príncipes. Es el único consuelo que nos queda.

Hablando de agua, tras meditar al cerrar las páginas he pensado que su familia y sus amigas son como esas ondas concéntricas cuando uno lanza una piedra a un charco, ¿puede ser?

Sí es una forma de verlo, pero es cierto que al vivir rodeada de gente, uno no puede evitar que las actuaciones afecten a otros y que esos otros nos influyan, por eso cuando uno está sensible y delicado no puede evitar que el mundo le afecte de sobremanera, que todo tenga una repercusión exagerada. Es difícil pasearse por la vida sin que ésta, en cierta medida, te altere. Sobre todo cuando, como en el caso de la protagonista, las cosas no salen como a ella le gustaría.

Háblanos de tres autores que se asoman a esta novela: Saramago, Bryce Echenique y Anna Gavalda.

Bueno, primero qué buena entrevista. Segundo, Saramago. Cómo le echo de menos, cuánto aconsejo su lectura y qué buenas horas he pasado con él. Me parece un maestro y un hombre lúcido, una de las pocas voces que hablan de la justicia y de la bondad, del valor y de las cosas sencillas. Siempre es un placer leerlo.

Bryce Echenique. Siempre me ha gustado su sentido del humor porque creo que en la literatura, en el fondo, no está del todo reconocido y que los autores que escriben desde ese punto de vista son un poco denostados. Pero agradezco sus palabras cercanas y también su hilaridad, la suya y la de otros, que nos hacen reír de en vez en cuando y que siempre es de agradecer.

Y por último Anna Gavalda. Me gusta su ternura y su intensidad, su sabiduría, su prosa, el que sea francesa y yo siempre quiera leer sus libros. No puedo evitarlo. Pasé allí una larga temporada y siempre quiere regresar. Su prosa me resulta cercana y hermosa.

Antonio le aconseja a la protagonista escribir para reflexionar, ¿la escritura es una forma de huir de la realidad, a lo catarsis existencial?

Es una forma de conjurar los fantasmas, y hacer que sean menos dolorosos, cuando uno escribe todo deja de ser tan dramático y tan rotundo, nos hiere un poco menos. Dicen que el dolor es insoportable cuando ni siquiera podemos escribir sobre él. Estoy de acuerdo. Cuando logramos poner palabras a los sentimientos, todo se vuelve un poco más pequeño. Y, a veces, hasta logramos que parezca hermoso. Es una forma de defenderse de la vida.

Hay frases recurrentes en boca de la protagonista, una, casi como muletilla es dirigirse a los lectores para repetirles eso de ¿qué quieren que les diga?

Es que ella quiere comunicarse con ellos, y a veces, necesita llamarles un poco la atención para que no se vayan o sigan su trayecto. Es una especie de conversación, que tiene sentido cuando las dos partes están atentas, porque necesita la comprensión de los lectores para seguir contando su historia. Es importante para ella, su complicidad.

Me ha resultado bastante curioso tanto el número como el papel de los personajes masculinos, luego he leído que una de las ‘amigas’ dice algo así como: ‘los hombres son conflictivos’ y no me resisto a preguntar por todo ello.

Hay que tener en cuenta, que la protagonista está pasando una cierta crisis existencial porque el “padre de sus hijos” no la ha llamado, y en esa situación los hombres le resultan conflictivos. No porque todos lo sean, que no lo son, sino porque cuando uno siente el desamor le resulta difícil creer que haya otras situaciones posibles, que existan príncipes en alguna esquina.

‘Una cosa es que uno quiera comenzar a sentirse bien y otra, es que le dejen’ leo, porque al parecer en la vida hay ‘saboteadores’ de la felicidad… Lo que nos faltaba, sobre todo a la protagonista.

Sí, hay saboteadores de la felicidad. Y muchos. El despertador, la vida real, el trabajo, los telediarios, a veces, las personas que nos quieren y que no aceptan que seamos diferentes a lo que nos habíamos imaginado, el dinero… y, a veces, somos nosotros mismos nuestros propios saboteadores. Por eso es importante estar alerta y no dejarse convencer, ni cambiar de rumo, ni permitir que el negativismo o las creencias ajenas nos alejan de nuestra “soñada” felicidad, hay que intentar, por los menos, vivir tranquilo, hacer lo que uno quiere.

Uno siempre acaba acostumbrándose a todo, dice en un momento de debilidad, ‘siempre querría volver a París’. Precisamente por París, tan importante en esta novela, quiero preguntarte. Baltimore está en la distancia, en el horizonte, pero París es la playa, el salvavidas.

Es que París es real, la protagonista ha ido, ha venido, ha tenido buenas experiencias, otras no tantas, y se ha sentido libre, por eso es tan importante para ella. Es una especie de refugio, y Baltimore es un pequeño sueño que todavía no tiene dimensiones reales, además, la pobre no sabe cómo va a resultar: no habla inglés, no conoce personalmente al nadador, no sabe del todo qué va a pasar y esa incertidumbre, conlleva cierto miedo. Por eso siempre quiere volver a París, porque allí sí se ha sentido siempre feliz.

Me ha gustado especialmente eso del ‘patrimonio de mi esperanza’ cuando ella se refiere a esas cosas únicas y privadas que no pueden transmitirse, que no podía cederle a Carmen… ‘Tenía que encontrar los suyos, los propios’.


Sí, es verdad, a veces nos gustaría regalar a las personas que queremos un reducto de felicidad o un poco de consuelo, dejarle eso que a nosotros nos sirve. Pero es cierto que hay cosas que son demasiado personales y que sólo nos sirven en nuestro propio caso, pero aún así, está bien intentar ayudar al otro para que encuentre su propio refugio, su lugar dónde guarecerse. A veces es difícil ver sufrir a los que quieres y no poder hacer nada para rescatarlos.

Muchas gracias y mucha suerte, Yolanda.

Por Ginés J. Vera.

lunes, 6 de abril de 2015

CARLOS MENESES NEBOT: «Fue una novela rechazada constantemente por su contenido altamente sexual».

En Maleta de libros esta semana me reencuentro con un escritor, Carlos Meneses Nebot, al que ya tuve el placer de entrevistar hace un año. Si en aquella ocasión fue con la publicación del libro de relatos El día que murió Amy Winehose (Sloper, 2014), en esta es de una novela largamente dormida en un cajón, casi olvidada que también sale con el sello de Sloper, ‘Sabor a proteína humana’. Os dejo al final de esta entrevista el enlace a la que le realicé un año atrás por si queréis hincarle el diente también por partida doble.

¿Cómo surgió la idea de escribir 'Sabor a proteína humana'?

Pues brotó como un relato.  En principio no constaba con más de 15 folios. Iba a pertenecer al volumen de relatos que formó mi primer libro “Vuélate la tapa de los sesos”, pero “algo” hizo que lo reconsiderara y lo apartara del conjunto. Supongo que la posibilidad de convertirlo en una novela. La idea brota de mi situación sentimental en aquella época, no muy afortunada, de ahí que quisiera escribir sobre la desintegración de una pareja. A lo largo de los años fui retocando, cortando, reconstruyendo y puliendo la historia sin alejarme de su origen. Fue una novela rechazada constantemente por su contenido altamente sexual. Cuando menos me lo esperaba, ya lo había descartado, Sloper me la ha querido publicar.

En la cocina de esta novela paladeo: una voz retrospectiva en cursiva que se contrapone al tiempo continuo de narración; acción y reflexión, presente y pasado.

Los Flash-back cobran el sentido en esta novela de dar una imagen más global de lo que ha sido el protagonista y de lo que siempre ha corroído su mente. Es una forma de redondearlo y creo que dota de una mayor veracidad, pese a ser una historia fantástica, a la forma de actuar de Sabino.

Liz se presenta ante Sabino como ‘una detective contratada por Satán’. Va a ser tan importante en su vida, o más, como lo es su mujer, Carmen, ¿no te parece?

En esencia, Liz es el personaje más decisivo de la novela.  Digamos que ella es la catapulta que necesitaba Sabino para romper con todo la cotidianidad.  Y, a su vez, para “mostrarle” el reverso de la moneda que, pese a no ser ajeno a él, jamás se había propuesto indagar tan a fondo en él.

Sobre esa cotidianidad leo dos frases antes de preguntarte ¿cómo definirías a Sabino al principio de la novela? ‘La indiferencia se ha convertido en mi mayor aliada y eso es mi mejor armadura’. (…) ‘Te has casado, tienes trabajo, un piso, coche… Viene la dificultad de huir de ese atolladero. Se ha convertido en un laberinto sin salida’.

Sabino es un tipo quemado por la rutina. Lleva años casado y su vida conyugal carece de alicientes. Ni el sexo con su pareja le reconforta. Y lo peor es que no sabe cómo salir de esa relación que se va prorrogando conforme él cada vez se haya más desapegado de su mujer.

Precisamente Liz le da este consejo: ‘No te quedes nunca clavado, monstruo, porque  si no te mueres un poquito cada vez’.

En esta frase se hace hincapié en la rutina nuevamente. El sedentarismo de Sabino tras años de matrimonio, es evidente. Liz únicamente ejerce como la voz de su conciencia, en este caso, como la voz de las tropelías que “debe” cometer para salir del caos que es su casa.

Él es consciente de su laberinto, de algún modo, como una mecha a punto de recibir la llama (guiño a The Doors), cuando dice: ‘Purple rain solo irrumpe en mis adentros como antesala de una serie de cambios repentinos que se van a producir’.

Bueno, ahí se juega un poco con el tema fantástico.  En esta novela algo gótica y onírica “Purple rain”, de Prince, me pareció idónea para dar “música” a la fantasía que corre por la cabeza de Sabino.  También los Doors son estupendos para reflejar como la “maldad” se va adueñando de las facciones del protagonista.

Junto al ‘Purple rain’ de Prince, otra canción mítica de The Doors ‘Light my fire’ pone música a esta búsqueda de Sabino.

Otra canción entre esperanzadora y agridulce. Esperanzadora en el sentido de buscar el placer infinito, algo que le llene, que le alumbre. Y agridulce porque en su fuero interno, Sabino es totalmente consciente de que eso es harto complicado, aunque lo roce con las yemas de los dedos, por no decir imposible.

Hallamos pronto el color de la sangre, el rojo fuego, maridando con el color de la noche, el de las pesadillas, aunque mejor lo destilo con la frase: ‘El negro es lo real, es tu inconsciente, donde reside el verdadero yo’.

De nuevo es la voz de Liz, personaje que se mueve en el lado sombrío de la mente de Sabino.  Liz representa el negro en toda su oscuridad.  Y, a su vez, el rojo en el sentido más sangriento de la palabra.

Entre las reflexiones que saetean el río subterráneo de la novela destaco esta de Sabino: ‘Quiero creer que todos tenemos alguna vez pensamientos libidinosos y que no soy una excepción’.

En la novela, Sabino ansía hallar todo aquello de lo que ha sido privado a lo largo de toda su vida. Se mueve en una especie de “pilla todo aquello que te dé placer sin importarte el prójimo. Sacia tus instintos más primarios. Derriba los obstáculos. Devora a quién trate de impedirlo. En una palabra: canibalízate.

He creído ver cuando dice: ‘Me aterrorizo porque comprendo que todos podemos llegar a realizar los actos más depravados y horribles con tal de encontrarlo (el placer infinito)’ que llega un punto donde se acerca a su luz personal.

Y es ahí, en ese punto en el cuál está aproximándose a su cenit, cuando se da cuenta del horror. Del horror que uno es capaz de cometer cuando se engancha al lado oscuro de su propia personalidad. Se torna un adicto y no ve más allá, hasta que una “bofetada moral” tiene lugar en el momento más inesperado.

Una reflexión que alude, bajo mi modo de ver, a uno de los grandes temas de ‘Sabor a proteína humana’: ‘El cambio a la bestialidad y a la brutalidad llegará sin darte cuenta, porque tú no puedes escapar de tu “yo” interior’.

Aquí se vuelve a dar rienda suelta a todo aquello que le corroe por dentro. Está claro que es un hombre frustrado: su matrimonio, su trabajo, sus amistades… todo esto lo inunda de desesperación. La válvula de escape es ser una suerte de Míster Hyde.

He dejado una frase de la novela para que la comentes, si te parece, una con mucha proteína que Liz le dispara a bocajarro a Sabino: ‘Abstráete y disfruta de los pequeños momentos que te ofrece la vida. No es malo ser simple’.

Simplemente, y valga la redundancia, la mayor parte de la gente piensa que hay que tener grandes aspiraciones en la vida como si con ello pudieras convertirte en algo mejor. Nos olvidamos de que, tal vez, saboreando un simple helado Ferrero-Rocher ya estamos dándole sentido al día a día. O, tal vez, no. Esa es siempre mi disyuntiva. 

Tres personajes secundarios que me han interesado: ‘El presentador de finos bigotes’; de otro, su amigo Goyo y, si me permites un guiño, uno que se llama ¿Ginés?

El presentador de finos bigotes ejerce el efecto dramático de ser el propagador visible de todas las desapariciones que acaecen en la ciudad. Sabino cree ver en él un reflejo de lo que es él mismo: disfruta interiormente con todo ello porque eso significa elevar los índices de audiencia al igual que el propio Sabino se retroalimenta de todas esas desdichas. Goyo no deja de ser una versión masculina pero adolescente de Liz. En su época estudiantil era su mejor colega, su mejor compinche, y ya se atisbaba en él que no era un simple gamberrete como era Sabino. No, Goyo, ya era potencialmente un psicópata y aún así, Sabino se siente fascinado por él al igual que décadas después lo está por Liz. El nombre de Ginés me gustaría recordar el porqué lo puse a un personaje.  No lo sé.  Tal vez porque siempre me aburro de llamar Pedro, Juan, Carlos, Pepe a mis personajes. 

Muchas gracias y mucha suerte, Carlos.

Por Ginés J. Vera.

La entrevista que mantuvimos tras la publicación de su libro de relatos podéis leerla aquí.