lunes, 20 de febrero de 2017

IVÁN REPILA: «El lenguaje es la única forma que tenemos para mirar a los ojos del lector».


Quedo con Iván Repila en la cafetería del IVAM de Valencia. Él espera en una mesa en la terraza, tomando un café. Me comenta que ha quedado con otro compañero de medios –media hora después–, para otra entrevista en la librería, no lejos de allí, donde presentará su novela. La novela en cuestión, por la que me concede esta entrevista, es ‘Prólogo para una guerra’ (Seix Barral).
Somos casi de la misma quinta, quizá por eso las preguntas fluyen casi como si se tratase de una conversación. De hecho, al final de la misma, me comenta que (también) imparte talleres de escritura y que creía que yo era filósofo o algo así, por las cuestiones que le he lanzado.

Lo que no le comento es que al empezar a leer su novela me costó ‘entrar’ en ella, casi como años atrás cuando me decidiera por ‘La peste’ de Camus. Precisamente, al ver ciertas evocaciones entre ambas le digo que no creo mucho en esas comparaciones de algunas reseñas solemnes, en esas literaturas comparadas de varias obras entre sí, y aun así le lanzo el guante –metafórico, claro–, de si hay algo de la obra mencionada del francés en su novela.
«Albert Camus es mi autor de cabecera –me dice–, no he leído toda su obra porque es extensísima y eso que el hombre murió con 46 años, yo creo que a nivel formal no tenemos nada que ver. A nivel de ideas tenemos mucho que ver, las ideas de Camus desde ‘El extranjero’ ya, primero con el tema del absurdo, pero luego cuando derivó hacia posiciones más humanistas, sus ideas sobre la justicia, sobre la igualdad, sobre la libertad, sobre la dignidad de vivir, esas ideas las comparto y las seguiré compartiendo y han sido capitales en mi aprendizaje no solo como escritor sino como ser humano. ‘La peste’ es un libro –añade– que orbita mucho hacia decisiones individuales que tienen que ver con el colectivo, con la solidaridad, fraternidad, temas que efectivamente están presentes en mi libro».

Me señala que «la novela tiene más que ver con el amor que con cuestiones políticas» cuando le cito parte de un párrafo de su libro ya que quiero que me comente acerca de la arquitectura del lenguaje empleado, de las palabras bien cuidadas. «No solamente las palabras –responde dando un meditado trago al café, apurando la taza–, escribir es todo un conjunto, la frase, el párrafo, el capítulo, la estructura general del libro… Yo cuido mucho el lenguaje porque es la única forma que tenemos para mirar a los ojos del lector. Tú y yo estamos hablando ahora mismo, si yo hago un silencio o miro a otro lado tú detectas los matices, en un libro es difícil encontrar esos matices si no mantienes una conversación cara a cara, por eso le presto tanta atención al lenguaje, intento ser muy meticuloso incluso con las comas. Las comas marcan dónde yo respiro, donde yo me callo, un punto, un punto y coma. Todo lo que tiene que ver con el lenguaje me parece que es muy importante porque es la única herramienta que tenemos como escritores para mirar a los ojos del lector, para interpelarlo y que el diálogo se establezca, si prestamos menos atención a la construcción del lenguaje a la elaboración casi artesanal de la frase yo creo que muchos matices se pueden perder. Intento que mis libros tengan muchos matices».
Y del lenguaje a los temas de la novela, entre los que le pregunto por el sentimiento de pérdida y el hombre como parte de una sociedad destructiva. «Una sociedad destructiva o que se está destruyendo…». Es aquí donde me habla de los padres fundadores de la Unión Europea, del sueño de una Europa integradora y de cómo ese sueño se ha roto o lo hemos roto.

«Gran parte del mensaje metafórico alegórico del libro es cómo hemos pervertido el sueño europeo, el sueño de construir una civilización tolerante, integradora, igualitaria; solo hay que ver lo que hay ahora a nuestro alrededor, en la última década o dos décadas, ya sea evidente que estamos reventando ese sueño. Lo hemos convertido en una pesadilla, solo levantamos muros y concertinas, echamos a los refugiados, somos individualistas, todo ese sueño integrador creo que se ha ido a pique. El discurso que hay detrás de mi novela, a nivel simbólico, es: si bien hay gente que sigue abogando, como Emil, por esa herencia del siglo XX destructiva y egoísta, lo que viene en el siglo XXI, la propuesta es: vamos a construir un mundo donde habitar lo inhabitable vamos a construir un mundo más decente, más habitable».
Una sociedad globalizada, le lanzo, preguntándole si acaso el cáncer de que adolece no sea la despersonalización (aquí vuelvo a evocar a Camus, aunque me lo callo).

«Si existe, por llamarlo cáncer, diría que tiene metástasis. La despersonalización sería uno de ellos, igual, desde mi punto de vista, el problema más grave que tiene ese cáncer que tu señalas sería que tendemos a olvidarnos de la gente, vivimos de espaldas unos a otros, yo creo que es el origen de todos los problemas, a raíz de vivir de espaldas, a mí no me importa lo que te pase a ti y a ti no te importa lo que me pase a mí, creo que de ahí se derivan otros muchos problemas, entre ellos la despersonalización, pero también el despojamiento, la insensibilización, la crueldad…»
Los capítulos de ‘Prólogo para una guerra’ se suceden como fases constructivas, aparecen como: ‘Dibujos’, ‘Anteproyecto’, ‘Proyecto de ejecución’, ‘Construcción’ y ‘Ocupación’ antes del anexo. Le pregunto por ello más allá de lo metafórico habida cuenta del personaje protagonista.
«Porque era coherente, el personaje protagonista es un arquitecto que está construyendo un barrio, que luego, en lugar de construir un barrio bueno, construye un barrio habilitado para la muerte, un barrio destructivo, como él es estéril, un barrio estéril. Es una metáfora.
»Al mismo tiempo, la arquitectura como metáfora está presente todo el tiempo, como escenario incluso, se mencionan muchas cuestiones arquitectónicas. Tiene muchas imágenes metafóricas para asociarlo a mi idea de cómo el sueño europeo se ha convertido en algo inhabitable, me parecía que era muy coherente que yo, como constructor de un libro, de alguna forma también utilizara una estructura paradigmáticamente arquitectónica».

Le pregunto un par de cuestiones más, pero creo que con estos cimientos los lectores ya pueden hacerse una idea del sólido edificio que Iván Repila ha construido en este libro, ahora toca habitarlo como si fuera un hotel o una urbanización, compartiendo, quizá departiendo, entre los balcones metafóricos (o no) una vez leído.
Iván Repila. (Bilbao, 1978). Escritor, editor y gestor cultural. Cofundador de la editorial Masmédula Ediciones, especializada en poesía contemporánea. Ha trabajado para diversos organismos e instituciones nacionales e internacionales en la producción, coordinación y dirección de congresos, encuentros y festivales de teatro, música y danza. Autor de las novelas Una comedia canalla (2012) y El niño que robó el caballo de Atila (2013), publicada en Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Corea, Rumanía, Holanda y Japón. Varias productoras cinematográficas han adquirido recientemente los derechos para su adaptación al cine y el dramaturgo Hywel John ha adquirido los derechos de representación teatral para Estados Unidos.

3 comentarios:

  1. Pues sí, me queda claro lo que me va a ofrecer el autor con esta novela. Te confieso una cosa también. Me cuesta entrar también con Camus, pero luego me cuesta salir. Son libros que te dejan tocada. Como creo que me dejará tocada la lectura de éste. Me lo apunto. Gran entrevista!
    Besotes!!!

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    1. Hay libros que se tocan y otros que nos tocan, también nos que no se dejan tocar. Qué suerte cuando nos toca leer buenos libros. Mejor eso, que los libros toquen a que no nos digan nada al primer toque. Gracias y un saludo Margari. Me toca pasarme estos días por tu blog, por cierto.

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    2. Cuando puedas, que no hay obligación!

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